[ES] La crisis neoliberal y las crisis de lo público

Conversaciones entre Tesalónica y Madrid sobre trincheras de supervivencia, prácticas transformadas en salud y sostenibilidades

EntrarAfuera, en diálogo con Frosso Moureli

En Entrar Afuera, la relación con la experiencia griega en salud se centra en las clínicas autogestionadas y, en concreto, en el trabajo conjunto con la Social Clinic of Solidarity de Tesalónica (KIA) y con la Worker’s Clinic dentro de la fábrica ocupada Viome. En el cruce con Madrid y con Trieste, el diálogo con Tesalónica asume todas las dificultades que conlleva el intento de poner en relación contextos, culturas políticas, tiempos y normalidades muy diversas. Al tiempo, los tres lugares conforman un sur de Europa con procesos de despojo compartidos y preguntas comunes en la búsqueda de prácticas de salud y cuidado emancipadoras: cada cual, desde su lugar, se plantea cómo interpelar a la institución médica, cómo hacer salud y a la vez democracia, y cómo sostener esas prácticas que se van inventando.

 

1. La(s) crisis, la crítica y lo público

El contacto con Tesalónica comenzó en febrero de 2014 en el encuentro en el Museo Reina Sofía, titulado “El nuevo rapto de Europa: deuda, guerra y revolución democrática” y organizado por la red europea de museos L’Internationale y la Fundación de los Comunes. Allí, en el taller interno “Del Welfare al Commonfare”, acudimos participantes en el movimiento por la universalidad de la sanidad en Madrid y en el estado, Yo Sí Sanidad Universal, y conocimos a personas que formaban parte de la KIA. Después, en el verano y en el otoño de 2016, pasamos temporadas en Tesalónica colaborando con la KIA y otros colectivos de la ciudad en el apoyo a las personas refugiadas varadas allí tras el acuerdo EU-Turquía1. Conocimos un poco el sistema sanitario griego y la relación entre clínicas autónomas, servicio sanitario público y sector humanitario, asuntos que abordamos en las crónicas publicadas en la Revista Alexia. Además, la psiquiatra, psicoterapeuta y participante en la KIA Frosso Moureli visitó Madrid en febrero de 2017, y tuvimos tiempo de organizar un encuentro informal con ella en Vaciador34, así como de compartir una entrevista para Entrar Afuera.

Si hay algo que nos hemos ido encontrando todas las veces en los contactos con Grecia, algo a lo que hemos dado mil vueltas, que hemos utilizado de diversas maneras, que nos ha hastiado, algo de lo que incluso nos hemos reído a veces, ha sido la ubicuidad del término “crisis”. Y es que desde 2008 la palabra “crisis” se nos ha gastado de tanto usarla. Si por entonces nombraba cosas que los medios de comunicación nos presentaban como nuevas —primas de riesgo, bancos cerrados y gobiernos que caían, pero también despidos, desahucios y colas en las farmacias— ahora se ha convertido en una condición de vida, algo cotidiano: hay contratos precarios o menos camas en el hospital “por la crisis”, pero también servicios muy tensados, con prácticas que expulsan a las personas, cuyas demandas han aumentado “por la crisis”. En ese sentido, “crisis”, más que para abrir, se usa para cerrar debates, como si hubiera perdido su relación íntima con la crítica:

“Con su connotación médica, la crisis fue durante toda la modernidad esa cosa natural que ocurría de manera inesperada o cíclica motivando la toma de decisiones destinadas a poner término a la inseguridad general de la situación crítica. El final era feliz o desafortunado según la idoneidad de la medicación aplicada. El momento crítico era también el momento de la crítica; el breve intervalo en que el debate acerca de los síntomas y la medicación estaba abierto. Actualmente ya no hay nada de eso. No existe remedio para poner fin a la crisis. Por el contrario, la crisis es desencadenada con vistas a introducir el remedio”

(Comité Invisible, A nuestros amigos, 2015: 23).

La tradición de la crítica ligada a la crisis del welfare —que en Trieste sigue muy presente en la práctica cotidiana de desinstitucionalización en los servicios de salud públicos— se encuentra sin embargo ahora con un contexto singular. La institución del welfare clásico sigue estabilizando, fijando, normalizando, asfixiando tanto a técnicos como a personas, y deshaciendo democracia por el camino: por eso hay que ponerla en crisis, para transformarla y abrirla. Pero ahora no es este el sentido principal de la expresión “crisis del welfare”: toda una corriente de pensamiento y práctica asume la crisis del Estado de bienestar como un resquebrajamiento en la eficiencia de su funcionamiento desde el punto de vista del mercado: las medidas de “reforma” llevan a la institución pública a una transformación, sí, pero una que la despoja de su capacidad para hacerse cargo de los problemas de la gente, que privatiza precisamente esos recursos públicos que la práctica inventada a partir de la crítica institucional del welfare necesita para ponerse a trabajar.

Desde 2008, en el sur de Europa, la “crisis” ha ido adquiriendo una normalidad que ha transformado su sentido:

“(…) si la crisis designa algo más que una coyuntura histórica, entonces, ¿cuál es el estatus de ese término? ¿Cómo crisis, antes un signo de un momento decisivo, crítico, acaba siendo construida como una condición extendida histórica y experiencial? La propia idea de crisis como una condición sugiere un estado de cosas en curso. Pero ¿puede una hablar de un estado de permanente crisis? ¿No es esto un oxímoron?”

(Janet Roitman, Anti-Crisis 2014:2, traducción propia).

Las respuestas a estas preguntas de la antropóloga Janet Roitman dependen de qué estemos designando cuando nombramos “crisis”. Si se trata de poner en crisis los servicios públicos para mantenerlos abiertos, entonces “crisis” sí es un estado permanente, y va necesariamente unido a una crítica que no deja de producir, cotidianamente, institución inventada y prácticas emancipadoras, por usar los términos del psiquiatra italiana y participante en la práctica triestina Franco Rotelli. Si se trata de sustraer capacidades posibles, materiales y discursivas, de lo público, de modo que casi no haya forma de trabajar con ello para abrirlo, entonces toman sentido otras preguntas: ¿cómo podemos hacer crítica despegándonos de aquella que califica al sistema público como ineficiente? ¿qué modos de organización de la vida social —institucionales e/o informales— podemos construir que nos emancipen y, al mismo tiempo, nos protejan? Y ¿cómo se sostienen?

Quizá el lugar del sur de Europa donde estas preguntas cobran una dimensión más urgente es Grecia. Alejándonos del mito de una Grecia totalmente devastada —que nutre tanto el estereotipo del europeo del sur vago e irresponsable como las prácticas que aplanan todos los pliegues y las desigualdades en una única emergencia humanitaria— nos acercamos a esta experiencia con la salud como punto de entrada.

Encontramos explicaciones sencillas que, al tiempo, son capaces de captar toda la complejidad de la situación: por ejemplo, que un sistema sanitario hospitalocéntrico, sin casi atención primaria, al ser atacado desde diversos frentes de forma muy fuerte y muy rápida, se cae. Y lo hace de una forma muy material: personas recién operadas o mujeres que, poco después de dar a luz, huyen del hospital en la noche para que no les cobren; brotes de malaria o de polio en bebés porque no hay vacunas; médicos asustados porque temen que, si atienden a alguien “no asegurado”, tengan que pagar ellos mismos o, peor, les echen de su trabajo (3).

De estos mimbres emergen iniciativas centradas en el apoyo mutuo para la supervivencia cotidiana y también subjetividades anti-crisis, atravesadas por todas las ambigüedades que una situación como esta engendra. Hemos conocido personas que no han parado de participar, haciendo cosas muy concretas, en diversos espacios de activismo solidario desde 2008; el cansancio y el sentir las fuerzas al límite se han incorporado a una dinámica que ha encontrado en el ejercicio de juntarse para proveerse de cosas necesarias para la vida la alegría y la libertad frente a la tristeza y la depresión de la crisis. Pero si la crisis financiera es el detonante de muchas de estas iniciativas, también es cierto que en su quehacer algunas de ellas han acometido un proceso que incorpora la crítica a partir de otras crisis: del servicio público burocratizado, pero también de las diversas formas de desmantelamiento del servicio público, incluyendo aquí el propio papel de las iniciativas autónomas y autogestionadas en su relación con la institución estatal. Así, una de las preguntas que estas iniciativas se hacen a sí mismas es hasta qué punto pueden estar haciendo el trabajo que corresponde al servicio público, pregunta que les lleva a plantearse cómo hacer ese trabajo diferente, más abierto, más horizontal; y pregunta que, al mismo tiempo, les tensiona con lo público: ¿por qué no invertir las fuerzas en transformar el propio servicio público?

 

2. Ensanchando las trincheras: el movimiento de solidaridad griego

En febrero de 2014, en el encuentro en el Museo Reina Sofía, las historias que relataban las compañeras de la KIA de Tesalónica eran historias de trinchera: personas que, aún estando muy enfermas, no se podían pagar el tratamiento en el sistema público y quedaban abandonadas. También contaban qué es lo que se había levantado de esas ruinas: más de sesenta clínicas autogestionadas de atención primaria por todo el país, entre las que se encontraba la KIA de Tesalónica. Clínicas que se definían como espacios no de caridad, sino de solidaridad ante el abandono: donde el Estado se ha retirado, la gente se autoorganiza y se provee en colectivo. Este es el sentido del llamado movimiento de solidaridad en Grecia, que además de a la salud se extiende a la vivienda, la educación, la alimentación y el consumo ecológico, el autoempleo, el apoyo a migrantes, etc. (4).

La KIA de Tesalónica cuenta con 250 personas sanitarias y no sanitarias participando activamente y con un horario y un plantel de servicios amplio: abierta cinco días a la semana, con una muy bien surtida farmacia propia que trabaja en red con farmacias comerciales de la ciudad donde los vecinos pueden donar medicamentos, con treinta y cinco dentistas con sus ayudantes formados en la KIA, con consultas en medicina general, psiquiatría y psicoterapia, neurología, pediatría y traumatología y con una amplia red de colaboradores en servicios sanitarios públicos y privados. En su primer año de vida, en la KIA comenzaron a discutir sobre cómo, además de cubrir las necesidades de atención de las personas, se podía hacer “una medicina diferente” a la de los hospitales. Este proceso incluyó la creación del “grupo para una medicina diferente” y la formación de grupos con gente y con diversos profesionales para tratar juntos, por ejemplo, la experiencia con la diabetes; la comunicación abierta y continua entre médicos y psiquiatras y psicoterapeutas; o la colaboración con la fábrica ocupada Viome, donde se puso en marcha una clínica de trabajadores en la que personas con sus familias y profesionales de diversas áreas hacen sesiones conjuntas donde se construye colectivamente la historia clínica, que incluye aspectos de la vida como el trabajo, el salario, la situación de vivienda, la familiar, las relaciones sociales, etc.

La psiquiatra Frosso Moureli señala en la entrevista que tuvimos con ella que una parte del gusto y de la satisfacción que obtiene al participar en la KIA tiene que ver con esa libertad para hacer cosas diferentes, así como con la facilidad para aliarse con otros espacios, como la lucha contra la mina de Skoriues, a la que la KIA se ha unido con un grupo que estudia los efectos en salud que producirá la explotación, por parte de la compañía canadiense El Dorado, de una mina de oro situada en un paraje verde a pocos kilómetros de la ciudad de Tesalónica.

 

3. Normalidades singulares y tiempos acelerados

El lugar desde el que hacer salud es, en la experiencia griega que relatamos aquí, en parte escogido y en parte efecto de una constelación de transformaciones que tomó forma de crisis en 2008. La cultura política, y la relación entre ideología autónoma, crítica a la institución pública y práctica cotidiana autoorganizada atraviesa estas experiencias, si bien en la década de 1990, por ejemplo en la psiquiatría, hubo intentos de construcción de servicios públicos más abiertos, que constituyéndose como islas de práctica distinta a la del hospital, no llegaron a estabilizarse y generalizarse dentro de la institución pública de salud (5).

También pesa el haber pasado por momentos en los que todo se aceleraba y se caía: médicos llevando sus propias vendas de casa porque en el hospital ya no traían más; plantas enteras de hospitales cerradas y enfermos crónicos sin cuidar; hospitales vendidos a empresas extranjeras y/o cerrados; personas que llegaban en estado grave a las clínicas solidarias porque en el sistema público les cerraban las puertas y les deba vergüenza acudir a la beneficencia.

En la experiencia griega podemos ver, en su singularidad, cómo la crisis no es una, sino varias: la del welfare, la de las finanzas, la de la democracia parlamentaria, pero también la de la seguridad vital, la de la sostenibilidad de la vida y de los cuidados. O, más bien, podemos ver cómo se concretan una constelación de procesos de transformación que precarizan la salud, los cuidados y la vida: cómo conectan y se nutren un welfare que normaliza, disciplina, excluye con su burocracia y somete con su institucionalización, con un ataque neoliberal de la deuda que otorga discurso explícito y práctica viva a la diferencia de valor de las vidas, con una intervención institucional (lo que se llamó La Troika) que penetra hasta en los lugares más cotidianos de los servicios públicos con su leyes y sus prácticas que apuntalan las llamadas “políticas de austeridad”.

Pero también en Grecia podemos explorar una experiencia de construcción de subjetividad anti-crisis colectiva: el movimiento de solidaridad griego construye un discurso que identifica el apoyo en los procesos de la vida con la construcción de comunes y con una política que energiza y satisface a las personas y colectivos ante la avalancha de tristeza y angustia que trajo la crisis. Estas iniciativas, relacionadas entre ellas, conforman una red con tensas relaciones a su interior y también al exterior, con una institución pública que ha ido transformándose de forma muy rápida desde 2008 hasta ahora. Por ejemplo, en los tres primeros años de la crisis, los participantes en las clínicas autogestionadas decidieron trabajar por fuera del sistema sanitario de un Estado que perdía su legitimidad como estructura de configuración social y política, algo que expresó el movimiento de las plazas ocupadas. Después, con la llegada de Syriza al gobierno en septiembre de 2015, la KIA (al igual que otras clínicas), sigue definiéndose como una iniciativa autónoma, independiente de partidos y sindicatos, que no recibe fondos de instituciones estatales o supraestatales. Pero tiene que operar en un contexto diferente: por ejemplo, el actual ministro de Sanidad con el gobierno de Syriza, Andreas Xanthos, formó parte de la creación de la primea clínica autogestionada de Grecia, la Voluntary Social Solidarity Clinic de Rothymno, en Creta en 2008.

Desde junio de 2015, el gobierno de Syriza revirtió la ley que aprobó el gobierno técnico-provisional de Lucas Papademos en 2011: una ley que dejaba fuera de la asistencia sanitaria a casi tres millones de personas que no tenían papeles, o que sí los tenían o eran de nacionalidad griega pero que llevaban sin trabajar más de un año. Con el cambio actual, la norma vuelve a incluir a buena parte de la gente, si bien bajo la categoría de “no asegurados”, y sigue dejando fuera a las personas sin papeles. En un ejercicio de reflexión interna que acometió la KIA durante el verano de 2017, sus participantes se dieron una nueva tarea: explicar a las personas que acudieran a la KIA que esta ley está en vigor, y estar en contacto con ellas para conocer cómo funciona en la práctica. En la entrevista en su visita a Madrid en febrero de 2017, Frosso comentaba que puede ocurrir que, por ejemplo, un director de hospital no aplique la ley que vuelve a incluir a varios grupos de personas en el acceso a la asistencia sanitaria, simplemente porque no está de acuerdo con ella o porque es anti-Syriza. Esta nueva tarea de monitoreo de las formas de exclusión que se ha dado la KIA también sirve para conocer qué especialistas están más saturados, qué lista de espera hay, cómo son de débiles los hospitales, etc. Y, finalmente, es un nuevo intento de crear un grupo socio-político amplio con la gente, uno de los objetivos de la KIA desde el inicio.

 

4. Preguntas que viajan

La singularidad de la situación en Grecia no impide, sin embargo, encontrar interpelaciones comunes con otros lugares del sur de Europa, incluso aunque estas interpelaciones acumulen dudas y tensiones en el viaje de un lugar a otro. Por ejemplo, Frosso Moureli me comentaba, en su última visita a Madrid, que cuando nos conocimos en el encuentro del Museo Reina Sofía en 2014 se había dado cuenta de hasta qué punto las realidades de Europa eran diversas y, en concreto, hasta qué punto lo sucedido en Grecia con la crisis financiera había sido muy profundo y muy rápido, mucho más rápido que en otros lugares (6). Al mismo tiempo, en aquel encuentro, una joven estudiante de medicina de la Sapienza relataba la lucha de los profesionales sanitarios por sus derechos laborales en Italia, y cómo a la vez en la universidad se estaba creando una escuela paralela para inventar otra medicina que no se centrara en lo biomédico, y que deshiciera la desigualdad en la relación médico-paciente (7).

Precisamente, en nuestra entrevista en 2017, Moureli identifica estos dos temas como los hilos de los que tirar en el diálogo con otras experiencias del sur de Europa. Por un lado, un diálogo que nos permita compartir experiencias con las diferentes maneras de privatizar lo público, para ser al menos igual de creativos en la lucha que los que inventan esas formas de materializar el Estado neoliberal. En concreto, en Grecia, una de esas formas está siendo la llegada de grandes ONGs internacionales y la expansión de las pequeñas griegas en tareas socio sanitarias enfocadas a grupos concretos, en especial migrantes.

Por otro lado, un diálogo en el que compartamos las prácticas que nos inventamos para deshacer la institución médica, cuya potencia de dominación a través del nexo saber/poder también se mantiene cuando se hace medicina fuera de la institución pública: la medicina “divide a la persona en partes, en órganos; separa su cuerpo de la psique; la aparta de su entorno biológico y social; de su médico, y no es capaz de ponerlo todo junto otra vez”. ¿Cómo hacer una medicina diferente, que se haga cargo de la totalidad de la persona?

Una pregunta que se hacen todo el rato en Trieste, por ejemplo. En este diálogo difícil entre prácticas de salud en el sur de Europa, en Entrar Afuera asumimos toda la tensión —y la potencia— que producen estas preguntas, declinadas en marcos diferentes. Veámoslo, para ir acabando, con un ejemplo.

Un acompañamiento de una vecina a otra a un centro sanitario en Madrid, compartiendo el conocimiento creado colectivamente en Yo Sí Sanidad Universal para asegurarse de que las personas sin tarjeta sanitaria pueden tener acceso al sistema sanitario público, no es tan diferente de un acompañamiento que se pueda hacer desde la KIA en Tesalónica o desde el programa de MicroArea en Trieste. Sin embargo, estas prácticas están configuradas por marcos más amplios que sí difieren. La construcción de servicios públicos abiertos y fuertes en Trieste es piedra fundamental de su forma de hacer salud; en Madrid, las prácticas ciudadanas que luchan contra la exclusión sanitaria lo hacen insistiendo en la inclusión en el sistema público de las personas excluidas (sobre todo personas migrantes), si bien participantes en estas prácticas sí dedican su tiempo de trabajo o de otras militancias a pensar y probar otras formas de hacer salud, dentro y fuera del sistema público; en Tesalónica, el movimiento de solidaridad ha creado un sistema por fuera del público que no acaba de ser paralelo —en el público no hay atención primaria pública, que es en lo que se han centrado las clínicas autogestionadas— y que durante los primeros años de la crisis tenía más afluencia de griegos que de extranjeros (8).

Lejos de intentar buscar un falso consenso, el diálogo entre estos tres lugares hace viajar preguntas que interpelan de forma singular a cada contexto: ¿cómo podemos cambiar la institución quedándonos en ella, desde dentro? ¿Y desde fuera? ¿Y juntándonos fuera y dentro? ¿Qué mimbres son necesarios y con cuáles contamos para trabajar en esa transformación para producir emancipación? ¿Cómo hacemos con el traspaso de poder, del técnico, o del activista, a la persona? ¿Cómo abordamos la relación entre autonomía y responsabilidad, para que no derive en individualización neoliberal? ¿Cómo introducimos la sociabilidad como elemento que produce salud en nuestras prácticas? ¿Cómo sostenemos estas prácticas tan complejas? Las respuestas a estas preguntas, en cada lugar, más que soluciones para los otros son herramientas para construir un espejo en el que poder comparar e inventar nuevas relaciones entre marco general y práctica cotidiana.

Y, de nuevo sin ignorar la diferencia, encontramos algunas respuestas comunes. En la KIA, una iniciativa que no recibe fondos públicos ni de empresas y que se sostiene con el tiempo de las personas que participan en ella, escuchan y se hacen a menudo la pregunta por la sostenibilidad. Y la respuesta contiene una parte que es compartida también por Madrid y por Trieste: hay una parte de divertimento, de gusto por ese trabajo colectivo, que contribuye a sostenerlo como proyecto común y, al mismo tiempo, a sostener y emancipar a las personas individuales que participan de él.

 

NOTAS

(1) El 18 de marzo de 2016 la Unión Europea y Turquía firmaron una declaración que permitía deportar a Turquía a migrantes y refugiados llegados a las islas griegas. Además, varios países del este de la UE habían cerrado sus fronteras (FIROM-Macedonia, Eslovenia, Serbia, Croacia, Hungría, Ucrania). Estas dos medidas provocaron que más de 60.000 personas (sobre todo sirias e iraquíes) quedaran atrapados en Grecia a la espera de que la UE pusiera en marcha un sistema especial de petición de asilo para ellas. Las personas de otras nacionalidades y todas aquellas que llegaron después de la firma de la declaración con Turquía quedaron atrapadas sin papeles en Grecia, con las fronteras de los países vecinos cerradas y corriendo el riesgo de ser deportadas a Turquía o a su país de origen. Para leer la declaración UE-Turquía, visitar: http://www.consilium.europa.eu/es/press/press-releases/2016/03/18-eu-turkey-statement/

(2) En el verano, la Revista Alexia publicó las “Crónicas antiheroicas griegas” en castellano y en inglés; en el otoño, hizo lo propio con las “Crónicas desde un limbo europeo”. En esta segunda tanda, de momento solo en castellano, se incluye una crónica sobre el sistema sanitario griego.

(3) Uno de los trabajados cuantitativos más extensos sobre las medidas de austeridad en Grecia y sus efectos en la salud pública y de los individuos es el de David Stuckler y Sanjay Basu. Ver, por ejemplo, Stuckler, David y Sanjay Basu, 2013, ¿Por qué la austeridad mata? El coste humano de las política de recorte, Madrid: Taurus

(4) En la ciudad de Tesalónica, además de la KIA y la fábrica ocupada y autogestionada Viome, que alberga la Worker’s Clinic, existen otros espacios como el centro social Mikropolis Social Space for Freedom, el centro social Steki o la cooperativa de alimentación Bioscoop. Para conocer más sobre la proliferación de proyectos autogestionados en la última década en Grecia, se pueden leer, entre otros: “The other side of the crisis: solidarity Networks in Greece”, Social Anthropology Vol 24 (2) y Stavrides, Stavros, 2016, Hacia la ciudad de los umbrales, Madrid: Akal.

(5) Tal y como relata Frosso, durante esos intentos en la década de 1990, había una gran disforia entre la forma de trabajar de los hospitales y la forma en la que querían trabajar estos psiquiatras y psicoterapeutas, a través de la terapia familiar sistémica y reduciendo o eliminando el uso de la medicación. En la KIA, los psiquiatras y psicoterapeutas fueron clave en la creación del grupo para una medicina diferente.

(6) Usamos aquí el término “paciente” por razones de claridad, sin dejar de estar incómodas con el mismo. Tanto en la KIA como en la Worker’s Clinic, el término que han decidido usar es el de “incomer”, pues rechazan el término “paciente”, que en griego significa “débil”.

(7) La KIA nació como proyecto de clínica autogestionada en 2012, después de que un grupo de sanitarios formara una red de apoyo a cincuenta migrantes en huelga de hambre para exigir papeles en 2011. Lleva operando desde entonces. Para saber más de la KIA, se puede visitar la sección en inglés de su página web, leer las Crónicas en la Revista Alexia, y ver la entrevista con Frosso que realizamos en 2017.

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