[ES] Hilos Maestros. Crónica de un taller de arte postal en el aula de un hospital

1 La araña suelta un hilo que flota en el viento hasta que encuentra un punto de anclaje. Es un hilo de seda proteico que sintetiza ella misma en su abdomen. Caminando sobre ese primer cabo convertido en puente, suelta un segundo hilo, que deja holgado y colgante. Se balancea sobre su centro para anclar desde ahí un tercer hilo descendiente, formando una Y griega suspendida entre ramitas de árbol o paredes oscuras de sótano. A partir de esta estructura básica, crea un bastidor exterior y un abanico de radios, asegurándose con meticulosidad si son suficientes y si el espacio que los separa no es excesivo. A continuación, dispone un nuevo hilo en espiral desde el centro. Le da con este último gesto resistencia a la tela, habilitándola para soportar su propio peso y el de eventuales visitantes. Tanto el diseño de bastidor y radios como esta espiral final permiten el desplazamiento de un punto a otro, pero también traducen los movimientos que se producen en otros puntos de la tela en vibraciones que la araña recibe. Es así como sabe si hay viento o si otro ser vivo ha llegado a la tela: amigo, depredador o posible presa.

Una vez que la araña termina este complejo tejido, se toma un descanso. Es entonces cuando tiende la espiral trampa, más apretada, sobre la primera. Utiliza para ello un nuevo tipo de hilo, elástico y pegajoso, en el que quedarán atrapados los pequeños insectos que le sirven de alimento.

En algunos estudios etológicos, denominan hilos maestros al primer tipo de hilo: el hilo que hace de sostén, de puente, de receptor de lo que sucede en cada punto de la tela desde otros puntos remotos, tan diferente del hilo pegajoso que sirve para la caza2.

El lugar que habito

Las aulas hospitalarias son unidades escolares ubicadas dentro de un hospital. De acuerdo con el Portal “Aulas Hospitalarias”, del Ministerio de Educación, su objetivo es “atender escolarmente a los niños hospitalizados, al mismo tiempo que se ayuda a prevenir y evitar la posible marginación que, por causa de una enfermedad, puede sufrir el niño hospitalizado”3. No son, pues, aulas como las que encontraríamos en un colegio. No solo por su tamaño reducido y porque en ellas conviven niños y niñas de diferentes edades, sino porque quienes asisten a ellas están en tratamiento médico, ya sea ingresados o asistiendo al hospital de día. Lo que prima, entonces, lo que regula el ritmo de las tareas y de las actividades, es el criterio médico. La gravedad de la enfermedad, su evolución, la programación de intervenciones, tratamientos y citas con especialistas, así como el diagnóstico médico determinan si el niño o la niña está listo para asistir al aula, si es mejor que reciba una visita en su habitación, o si, por el contrario, debe descansar de todo asunto escolar. También son motivos médicos los que dictaminan si recibe el alta hospitalaria definitiva y se incorpora a un colegio allá fuera, ya sea en su anterior centro escolar o en uno nuevo.

Así pues, las maestras que trabajan en estas aulas tienen que tener un enfoque flexible, especialmente atento a las necesidades del niño o niña y en constante comunicación, por un lado, con el equipo médico del hospital y, por otro, con el colegio de origen, donde se mantiene el expediente y al que se espera que el estudiante se reincorpore. Todo ello hace de estas aulas un umbral: esa fina franja que hay que cruzar para pasar de un espacio a otro ‒de la cama del hospital al pupitre escolar, del mundo sanitario de dentro, regido por los diagnósticos y los tratamientos, a la mundanidad abigarrada de fuera, en la que a veces es difícil sostener la propia fragilidad. Desde este umbral institucional, las maestras mantienen el hilo que une la escolaridad de los niños dentro del hospital con la escolaridad (a veces también con la vida) allá afuera.

La ventana

Tomadas por imágenes arácnidas, pensamos que esos hilos, tejidos desde las aulas hospitalarias, entre un adentro sanitario y un afuera social, entre un afuera y un adentro escolar, podrían ser maestros, no solo en el sentido humano, sino también en el sentido animal: hacer de cabos puente, bastidor, radios y espirales de las vidas de gente pequeña en un momento de extrema vulnerabilidad; ser hilos que sostengan, que permitan balancearse e ir de un punto a otro sin caer, recibir las vibraciones que llegan desde puntos lejanos y ser capaces de leerlas y responder a ellas. ¿Qué tendría que pasar en el aula-umbral para que efectivamente la labor allí desarrollada fuera tejido de este tipo de hilos?, ¿para que el hilo fuera hilo (permitiera unir flexiblemente varios puntos entre sí) y para que deviniera maestro (hilo arácnido, hilo sostén, hilo transmisor)?

Con esta pregunta llegamos al aula de un hospital de algún punto de nuestra vasta geografía. No aspirábamos a contestarla: teníamos fantasía, pero no soberbia. Pretendíamos, por contra, abrir un espacio de exploración junto a estudiantes y maestras que unas y otras pudieran retomar cuando nosotras nos hubiéramos ido.

La aventura

El marco de trabajo sería un taller de arte de una hora y media de duración una vez a la semana durante un lapso de tiempo muy breve: apenas un trimestre escolar, un total de 12 sesiones. La perspectiva, no obstante, era poder ampliar el proyecto hasta dos cursos escolares. Después de valorar las diferentes posibilidades, así como nuestra propuesta, nos ubicaron en el aula de la unidad de psiquiatría. Nos advirtieron que el grupo cambiaría, que los niños y niñas entrarían y saldrían, en función de su estado de salud, de su comportamiento y de sus altas y bajas hospitalarias.

El contexto no nos era ajeno. Cada una de nosotras teníamos experiencias propias como niñas y como madres en ese mismo hospital. Sabíamos (sabemos aún más después de un largo confinamiento, una pandemia y algún duelo) qué es sentirse frágil, temer a la finitud y a la catástrofe. También conocemos, por experiencias propias o ajenas, el miedo al estigma, a que te digan ¡loca!, que, en el mundo que conocemos, es otro modo de decir: los demás tienen derecho a decidir por ti, a intervenir tu vida.

Llevábamos en la mochila, además, algunos aprendizajes nutridos por la colaboración con Entrar Afuera. Entrar Afuera es un grupo de análisis institucional anclado en Madrid, pero muy vinculado a la experiencia de salud mental de Trieste, heredera de la revuelta psiquiátrica basagliana4. Merece la pena, para situar mejor lo que contaremos a continuación, explicar un poco más al respecto.

Florecer

Allá por los años 60 del siglo pasado, al calor de la atmósfera social del largo ‘68, un grupo de psiquiatras, sanitarios, locos y activistas nucleados en torno a la figura de Franco Basalia inauguraron una ruptura radical con la psiquiatría tradicional, primero en la ciudad italiana de Gorizia y, luego, en Trieste. Denunciaron la función violenta de la práctica psiquiátrica y de su institución central, el manicomio frenológico, como responsable de la creación del “loco” como tal. Distinguiendo entre sufrimiento psíquico temporal, por un lado, e institucionalización, identificada como causa principal de la cronificación del sufrimiento psíquico, emprendieron un prolongado proceso de invención institucional con el objetivo de sostener la fragilidad (mental y de otro tipo), pero sin ningún tipo de encierro, contención mecánica ni cosificación de la persona: hacerlo desde los territorios y en procedimientos abiertos, transparentes, dialógicos y democráticos5. Pusieron el acento una y otra vez en derribar los muros, en convertirlos en puertas, convencidos de que detrás de los muros (de lo que encierran, lo que callan y lo que ocultan), nacen los monstruos6.

Aunque pudiera parecerlo, la revolución basagliana no es una historia del pasado: el sistema de salud territorial (salud en sentido amplio, no solo mental) que existe hoy en Trieste está basado en los principios que el impulso desinstitucionalizador materializó. Sus protagonistas son conscientes de la tendencia inercial de toda institución a cerrarse sobre sí misma, a reproducir modos de objetualización del otro, deshumanización y violencia, por lo que viven la desinstitucionalización como un proceso dinámico que es preciso abrir una y otra vez, en un diálogo intenso con el afuera: con quienes atraviesan periodos de sufrimiento psíquico, con sus familias, con espacios asociativos y comunitarios, con profesionales de otras disciplinas, con artistas, con maestros, con jardineros, con movimientos sociales y ciudadanos, con los tejidos vivos de la ciudad. No contentos con mantener vivo el sistema público con el que cuentan ni con defenderlo de los nuevos procesos neoliberales de privatización que lo amenazan, utilizan su legitimidad para generar intercambios transformadores con otros puntos de Italia y del mundo.

En nuestros trabajos preparatorios del taller de arte en el aula hospitalaria, tuvimos ocasión de reunirnos con Giovanna del Giudice, una de las psiquiatras que impulsó la desinstitucionalización en Trieste. “Vuestra mayor aportación”, nos dijo entonces, “será mirar a esas niñas desde una perspectiva no psiquiátrica”. Guiadas por este consejo, no quisimos conocer los diagnósticos de las estudiantes con las que estaríamos: no por desinterés, sino para acercarnos a ellas con la mirada fresca, desnuda de etiquetas. Giovanna también advirtió: “cuando el taller empiece a generar los efectos más interesantes, os cerrarán las puertas”. Nos hubiera gustado mucho que se equivocara, pero por desgracia, acertó.

Entre mundos

Como nuestro abdomen no está dotado de glándulas que sinteticen hilo de seda, decidimos tomar estrategias del arte postal para fabricar nuestros hilos maestros.

Hace ya ocho décadas que un jovencísimo Ray Johnson, aún estudiante de secundaria, empezó a mandar por correo objetos, collages, cartas y postales con mensajes e ilustraciones tanto a amigos como a desconocidos. Lo que empezó siendo un gesto juguetón se convirtió en una práctica artística sistemática que tejía red y posicionamientos críticos a escala internacional.

Se suele señalar 1972 como momento álgido del movimiento del arte postal, que huía de los circuitos comerciales, de la idea de autor, buscaba el encuentro azaroso y los vínculos que se activan con el ir y venir de sobres y paquetes. El servicio postal permitía saltar todo el sistema de selecciones, jurados y ventas del mercado del arte; también burlar las fronteras y las censuras. La única restricción la marcaba la propia oficina de correos y lo que estaba dispuesta a aceptar como paquete. Lo artístico podía invadirlo todo: los sellos, los sobres, el dorso de la postal, pero también el anverso, el mismo texto de los mensajes, en forma y contenido. El valor de la “obra” se medía por el impacto en quien la recibía, su capacidad de con-moverle. Algunas estaban intencionalmente incompletas, invitando a una conversación, a seguir activando envíos, como aquellas que Ray Johnson mandaba con instrucciones como “por favor envia a…” o “completa y devuelve, por favor”7.

Desde el espacio umbral del aula hospitalaria, desde la mutabilidad del grupo con el que trabajaríamos, desde las obturaciones que ya empezábamos a intuir, pensamos que el mail art era exactamente la estrategia que necesitábamos. “Crea una postal para enviársela a la persona que tú quieras” era una propuesta sencilla que, en su reiteración, estaba preñada de práctica hilandera. Nos permitía, en primer lugar, anclar nuestros hilos: proponer viajes sensoriales para percibir de otro modo el lugar desde el que escribimos ‒y por lugar nos referimos al cuerpo, el propio y el de otras, la voz, los diferentes espacios del hospital, sus alrededores, los espacios de un museo de arte. Nos permitía estallar, taller a taller, los modos aprendidos donde no podemos colorear sin salir de la línea, la letra bonita es regular y caligráfica y siempre buscamos la mirada confirmadora del profesor para saber si lo que hemos hecho está bien.

A partir de la sencilla estructura de una postal en blanco, podíamos hacer uso de técnicas como el collage, la escritura automática, el cadáver exquisito, para que la seda de nuestros hilos fuera capaz de transmitir las vibraciones emitidas desde donde estábamos, más allá de juicios estéticos estrechos sobre lo bonito y lo feo. La postal era también un modo de activar diálogos imprevistos entre el dentro y el afuera: un modo de tender hilos entre los destinatarios, elegidos cuidadosamente por las propias chicas o al azar; conversaciones de ida y vuelta sobre las que luego sostenerse y caminar, aunque fuera un poco.

El diario de bitácora que sigue es una crónica impresionista de lo que sucedió. De todo lo que no logramos y de lo que sí. Si algo determina la salud mental es el secreto y el estigma que la rodea: el muro que habita en nuestras cabezas y que es el más difícil de derribar. Por eso ni los nombres ni los lugares aquí mencionados son reales, muchos datos están omitidos o desplazados, hay saltos adelante y hacia atrás. Es el modo que hemos encontrado de acercarnos a los detalles sin traicionar a nadie.

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Notas

1 El taller de arte postal del que parte este texto se desarrolló en el marco del Programa Una grieta, del Departamento de Educación del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Gracias a Cristina Gutiérrez Ánderez, por hacerlo posible, llamando a todas las puertas, consiguiendo el apoyo económico y haciendo un acompañamiento sensible que fue tirando pistas como miguitas de pan en el bosque. A su vez, la apuesta que subyace a este taller y sus reflexiones se inscriben en el espacio de investigación Entrar Afuera, animado por Francesco Salvini (Pantxo), Marta Pérez, Carmen Lozano e Irene Newey. Gracias a les cuatro por su acompañamiento durante el proceso, sin cuya escucha y alianza esta experiencia hubiera estado mucho más limitada..

2 La primera vez que escuchamos hablar de los hilos maestros arácnidos fue de la mano de Nada Colectivo y su Proyecto Locus, que ellas mismas definen como “un #lugardeseguridad de y para lokes, lunátikes, majaras, chalades y atolondrades: https://www.instagram.com/proyectolocus/

3 http://www.aulashospitalarias.es/

4 En la página web de Entrar Afuera (http://entrarafuera.net) hay abundante material en castellano sobre la experiencia triestina. Para ahondar más en los planteamientos y prácticas de salud mental de Trieste, consúltese también la página web de la Conferenza Permanente per la Salute Mentale nel Mondo: https://www.confbasaglia.org/

5 Véase Francesco Salvini, “Caring Ecologies”, Transversal, abril de 2019: https://transversal.at/transversal/0318/salvini/en

6 EntrarAfuera, “Detrás de los muros nacen los monstruos. La institución abierta como lucha continua”: https://entrarafuera.net/2019/04/02/detras-de-los-muros-nacen-los-monstruos-dietro-i-muri-nascono-i-mostri/

7 Para profundizar sobre la práctica artística de Ray Johnson y su New York Correspondence School: http://www.rayjohnsonestate.com. Sobre arte postal en castellano, consúltese la página web de la Factoría Merz Mail: https://www.merzmail.net

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